Haciendo realidad el sueno de volar como los pajaros
El anhelo de volar, de surcar los aires, de observar la tierra desde el cielo, ha estado presente en la humanidad desde hace miles de años. Ya en la mitología griega aparecía Dédalo, un arquitecto y artesano que fabricó unas alas para él y su hijo Ícaro con las que consiguieron escapar de la prisión en la que el rey Minos los había confinado.
Más adelante, en los siglos IX y XI, el filósofo, físico y astrónomo Abbás Ibn Firnás y el monje Eilmer de Malmesbury construyeron sendos aparatos dotados de alas con los que trataron de elevarse por encima de las cabezas de sus congéneres. Tanto el uno como el otro acabaron estrellándose contra el suelo y sufriendo en sus carnes y su espíritu el dolor de la derrota.
No fue hasta 1485 cuando Leonardo da Vinci comenzó a estudiar el vuelo de los pájaros y determinó que el ser humano era demasiado pesado como para volar usando unas alas acopladas a sus brazos, por lo que años después propuso un artefacto en el que el piloto movería dichas extremidades artificiales mediante un sistema de pedales y poleas.