El colosal despliegue técnico de Avatar, la fama que precedía a James Cameron como uno de los mejores directores de los últimos 25 años y la estudiada campaña publicitaria que la 20th Century Fox puso en marcha meses antes de su estreno mundial asegurando que los espectadores que acudiéramos a los cines contemplaríamos un espectáculo visual nunca antes visto hicieron de esta película un éxito de taquilla absoluto, con una recaudación estimada de más de 2.700 millones de dólares, la mayor alcanzada jamás. Pero contrariamente a lo que más de uno podría pensar, el cine en 3D lleva con nosotros desde hace mucho, mucho tiempo, aunque desde luego no en la forma en que lo conocemos hoy en día.
Las primeras pruebas con imágenes de anaglifo, capaces de provocar un efecto tridimensional, datan nada más y nada menos que del 10 de junio de 1915, cuando Edwin Porter y William Waddell proyectaron en el Astor Theater de Nueva York una serie de secuencias que habían grabado a la actriz Marie Doro, a unas bailarinas orientales e incluso en las cataratas del Niágara que creaban una tosca sensación de profundidad en los asistentes.