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Las repercusiones del Premio Príncipe de Asturias



Aunque no han faltado las críticas, la distinción española tiene un sabor especial para Google, al ponerlo al nivel de Ryszard Kapuscinski y de Umberto Eco, ganadores del mismo premio en el pasado. Y es que, no hace mucho, el fenómeno Google generaba resquemor en Europa. Hoy, en cambio, el premio celebra la "gigantesca revolución cultural" que ha originado.

Federico Willoughby Olivos

El miércoles, cuando desde Oviedo, y ya cerca de la hora de almuerzo, el presidente del jurado de la Fundación Príncipe de Asturias presentó a Google como el ganador 2008 de la categoría Comunicación y Humanidades, los norteamericanos no sólo se quedaron con los 50 mil euros y la estatuilla diseñada por Joan Miró que le toca tradicionalmente a cada ganador.

Lo cierto es que la puntocom, conocida en el mundo entero por ser el buscador más exitoso que existe para internet, se quedó con algo mucho más valioso que los euros -cifra mínima para una empresa que vale hace rato miles y miles de millones de dólares- y ese galardón de bronce con el sol y la luna adosados.

Básicamente, lo que sucedió este miércoles fue que finalmente, y no sin polémica, Google fue aceptado por Europa. O, para ser más precisos, por el establishment cultural europeo que hace tan sólo 3 años le declaró la guerra en 19 países, en un movimiento liderado nada menos que por Francia y suscrito por la propia España del Príncipe de Asturias.

Fuera de los estatutos

No por nada, el día previo a la entrega del premio, uno de los jurados y presidente de la cadena de radios ibérica Onda Cero, Javier González Ferrari, le dijo al diario El País de España: "Ya es hora de que un español obtenga el premio", y, consultado sobre la posibilidad cierta de que Google se quedara con el galardón, ironizó: "De ser así, el premio tendría que cambiar de nombre y llamarse 'Comunicación, humanidades y máquina herramienta'. Pues eso es lo que es Google, una máquina herramienta".

De hecho, una vez conocido el resultado, más de alguien señaló que elegir a Google fue un acto "hollywoodiano" y que, incluso, la elección estaba reñida con los estatutos del premio, pues éstos estipulan que el ganador debe ser una "persona, equipo de trabajo o institución" y no una "herramienta", como algunos de sus detractores han calificado a la empresa americana.

Y pese a que, a las pocas horas de que se entregara el premio, el propio González Ferrari se corrigió diciendo que en el fondo el buscador de internet era una máquina fabulosa y que su elección era "más universal y una decisión magnífica", igual se pudo percibir que al menos en la intelectualidad europea, Google no siempre ha sido entendido como ese adelanto que se convirtió por derecho propio en verbo (googlear) o en ese pedazo de tecnología que nos regaló e-mails con más espacio del que vamos a ocupar en nuestras vidas.

¿Aparato del mal?

Y las díscolas declaraciones del jurado no son el único antecedente. La filósofa y filóloga francesa Bárbara Cassin, invitada a la última Feria del Libro de Buenos Aires, lleva un buen tiempo promocionando su libro "Google-moi" (Googléame). En él, establece que el buscador es una suerte de aparato del mal, un intruso que juega con nuestra privacidad, un bibliotecario indiferente y superficial a nuestras necesidades de información y básicamente un aliado en una guerra contra el mal que inició el Presidente George W. Bush.

Por eso, el Premio Príncipe de Asturias tiene un sabor muy especial para la gente de Google. Lo que sucedió el miércoles en el Teatro Campoamor, de Oviedo, significó que finalmente el Viejo Continente los reconocía como una institución cultural al nivel de la National Geographic Society, de la Revista Nature, de Ryszard Kapuscinski o de Umberto Eco (todos previos ganadores en esta categoría del premio). "Al poner de forma instantánea y selectiva al alcance de centenares de millones de personas el enorme caudal de información de internet, Google ha hecho posible, en apenas una década, una gigantesca revolución cultural y ha propiciado el acceso generalizado al conocimiento. De este modo, Google contribuye de manera decisiva al progreso de los pueblos, por encima de fronteras ideológicas, económicas, lingüísticas o raciales", fue parte de la declaración con la que el jurado justificó la entrega del premio.

Y si bien el galardón parece lógico y muy justo, lo cierto es que hasta el miércoles, para Europa, Google no era nada más que otro experimento americano, una herramienta útil, un excelente negocio en el que invertir. Algo así como el Microsoft o el Apple de esta década. Útil, efectiva, pero jamás algo tan "elevado" como para ser un referente cultural.

Los libros del mundo

Para entender bien la disputa que puso a Google frente a 19 gobiernos europeos hace algunos años -y que básicamente fue lo que el Premio Príncipe de Asturias comenzó a enmendar el miércoles- hay que volver atrás en el tiempo, específicamente al año 2002. Ese año, y con ya una empresa generosa en utilidades y perfilada como uno de los emprendimientos más exitosos de internet, sus creadores -Larry Page y Sergey Brin- decidieron empezar a fraguar su mayor ambición: digitalizar todos los libros del mundo.

Sucede que para ambos era un chiste que, en cuanto a la web, el mundo recién hubiera empezado en 1996. Eso porque la mayoría de los documentos que estaban en línea eran archivos que se habían ido creando a la par con internet, aspecto que significaba una seria limitante en el uso de la red como una fuente de consulta -millones de libros, catálogos y enciclopedias simplemente no existían para los usuarios de la web-. Por eso, y en lo que les pareció el acercamiento más efectivo a este problema, decidieron invertir recursos en desarrollar una tecnología que les permitiera tomar todos los libros del mundo y subirlos a la red.

Ahora, no se trataba de que la gente pudiera leer el libro que quisiera desde su pantalla -hubiera sido una violación flagrante de una extensa lista de derechos de propiedad- sino de hacer posible que desde un computador conectado a internet, y de manera rápida, ordenada y útil, uno pudiera saber exactamente cuáles publicaciones contenían las palabras y temas que uno estaba buscando. Eso además de saber la ubicación física de los libros (en caso de que estuvieran en una biblioteca pública) o el nombre exacto (en caso de que estuviesen a la venta).

Si bien la idea en sí no parecía tan revolucionaria en su fondo (para el 2002, la tecnología del escáner ya cohabitaba en nuestras casas hace rato), lo que sí era extremadamente audaz y complicado era encontrar una forma que a) permitiera digitalizar los libros sin hacerles daño y a una velocidad competente -consideremos que tan sólo en Estados Unidos se editan cerca de mil libros al mes- y b) lograr superar las suspicacias de las editoriales, los autores y todos aquellos que veían en el ejercicio de Google una forma de potencial pirateo.

Los escáneres prodigiosos

El primer problema lo solucionaron construyendo escáneres de alta velocidad donde el trabajo de dar vuelta las páginas -la fase más delicada del proceso- quedaba en manos de brazos robots que, mediante succionadores de aire, lograban un proceso totalmente inocuo para los libros.

Para el problema dos decidieron acercarse a los depósitos universales de la información: las universidades. Sabían que si alguien podía tener la suficiente visión para ayudarlos era más probable que trabajara en un campus universitario que en una editorial. Larry Page partió preguntando en su alma mater, la Universidad de Michigan, que si bien ya tenía un plan para digitalizar los cerca de 7 millones de libros con que contaban, calculaban que el proceso, con sus propias máquinas y técnicas, les iba a tomar cerca de mil años. Page les ofreció hacerlo en seis. Y, claro, aceptaron.

Luego de eso, Page logró tentar a la Universidad de Stanford y siguió nada menos que con la Universidad de Harvard, cuya biblioteca -fundada en 1638- es considerada a nivel académico la más grande del mundo con cerca de 15 millones de volúmenes.

El fundador de Google ya tenía 3 universidades de peso pero sabía que, dadas las características del esfuerzo, necesitaba también contar con el apoyo de instituciones de todo el mundo, o al menos con aquellas que fueran referentes mundiales. Fue así como se acercó a la biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford. La institución, por su rango de biblioteca depositaria (el mismo rango que tienen usualmente las bibliotecas del Congreso en cada país), recibe una copia de todo lo que se imprime en el Reino Unido, lo que la convertía en un candidato perfecto para la iniciativa.

En todo caso, la idea era partir con un plan piloto que incluía los 7 millones de libros de Michigan, otro millón de tomos de la colección de libros del siglo XIX de Oxford, 40 mil de Harvard y un número no especificado de Stanford. Si esa primera fase salía bien y las universidades aceptaban permitir que la puntocom digitalizara sus colecciones enteras tendrían, en menos de una década, una base de datos de cerca de 50 millones de libros. Nada mal para una empresa que no tenía ni siquiera 5 años de vida.

La furia francesa

La gente de Google estaba lista para que su iniciativa fuera destrozada por las editoriales y los autores. De hecho, se comprometieron con las universidades involucradas a pagar cualquier tipo de costo legal que se produjera por términos de copyright. Pero para lo que no estaban preparados fue para la reacción de Europa. La iniciativa Google Books (nombre clave que adquirió el proyecto) se hizo pública el 14 de diciembre del 2004 a través del New York Times. Pasaron unas pocas semanas para que en Le Monde apareciera una columna de Jean-Noël Jeanneney -el entonces encargado de la Bibliothèque Nationale de Francia- no sólo desestimando el proyecto sino que señalando que una idea así era "un ejemplo más de América ejercitando su músculo cultural" y que la nueva aventura de Google ponía en riesgo a toda Europa, ya que "daba la posibilidad a Norteamérica de definir la idea que las futuras generaciones tendrán del mundo", para terminar con un desafiante: "No quiero que la Revolución Francesa se estudie solamente con libros elegidos por Estados Unidos".

Y el asunto no quedó ahí. Creció hasta adquirir un inusitado carácter de Estado cuando el entonces Presidente francés Jacques Chirac le pidió a su ministro de Cultura que estudiara, con absoluta urgencia, los formatos técnicos necesarios para que las colecciones que albergaban las bibliotecas de Francia y Europa pudieran ingresar de manera rápida y eficiente a internet. Y claramente no se refería a pedirle ayuda a Google.

Todo lo contrario: Francia decidió liderar un movimiento al cual se unieron 19 países -entre ellos Austria, Bélgica, Finlandia, Italia, España, Holanda y Dinamarca- en los que expresamente se buscó frenar la iniciativa de Google. Y si bien en un principio se esperaba que para el 2010 ofreciera acceso a 6 millones de obras, lo cierto es que su trabajo terminó en febrero de este año, básicamente con la integración de los catálogos de las librerías nacionales de los miembros de la Unión Europea.

Y sería todo, la iniciativa no ha prosperado más allá de eso. En tanto, Google Books ha firmado acuerdos de cooperación con universidades de Japón, Alemania, Suiza y España mientras siguen escaneando libros y buscando la manera de lograr que su tecnología, sus ideas las entiendan las editoriales. ¿Lo lograrán? Nadie sabe pero, por lo menos desde el miércoles, en Europa los dejaron de mirar feo.

Comente en: blogs.elmercurio.com/cultura

Cómo ser buenos

La estrategia corporativa de Google se resume en 3 palabras: "Don't Be Evil" (No seas malo). El slogan nació de la necesidad de los ingenieros de definir, en una sola frase, todos los valores de "bondad" a los que suelen aspirar las corporaciones modernas, en especial las tecnológicas. Para ellos no tenía sentido aprenderse máximas como "trate a las personas con respeto", "llegue a tiempo a las reuniones" o "sonría a su compañero". Por eso, inventaron este slogan que resumía de manera elegante los clichés corporativos y además hacía referencia a la supuesta idea de que Bill Gates es Darth Vader y Microsoft el Imperio.

El slogan funcionó y no tardó en convertirse en la misión de la empresa. Y si bien Google ha hecho bastante por cumplir su ideario, lo cierto es que en 2006, y gracias a China, aprendieron que ser bueno nunca es fácil. El país oriental obligó a Google a censurar una serie de páginas. Google aceptó, por lo que fue ampliamente criticado. Una de las mayores críticas fue que censurar en China rompía con la idea de "No seas malo". Al final, el CEO de Google, Eric Schmidt, explicó que habían desarrollado una "escala de maldad" y que eso significaba que hacer un pequeño mal en China (censurar) promovía un mayor bien (lograr que el pueblo oriental accediera a más información). ¿Relativismo moral?

Se habla español

Google es para muchas personas sinónimo de internet, y para muchas más, la única puerta de entrada a la red. Por eso, no es raro que en el mundo de internet, donde la lengua española se siente amenazada por la enorme cantidad de material disponible en inglés, una institución como el Instituto Cervantes (dedicado a la promoción y la enseñanza de la lengua española) haya decidido negociar directamente con Google para convertirse en el segundo idioma con más presencia en la red. A finales del año pasado ocupamos el tercer lugar, con 102 millones de usuarios (primero está el inglés, con 366 millones, y después el chino, con 184 millones). Y si bien los orientales son más en el mundo, lo cierto es que hay síntomas auspiciosos para el español. De acuerdo al propio Instituto Cervantes, las búsquedas de libros en español ocupan el 24% del total de las que registra Google y es el segundo idioma más utilizado en Google Books.



Fuente: www.emol.com
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